
Y entonces al llegar por la mañana a su casa, la encontraba allí en el patio con una bandeja de metal y vaciando en ella litros de oro líquido, decía: una por papá, otra por mamá, y así con no sé cuántos difuntos. Esto lo hacía con sumo cuidado mientras iba encendiendo las llamadas mariposas y, lanzándolas a la balsa de aceite, llegaban a un mar que acabaría consumiéndolas poco a poco. Después colocaba la bandeja en el cuarto del final, a la derecha y seguía con sus labores. Recordando que por la noche tenía que hacernos gachas para comer, pues era la tradición del día de difuntos.
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