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sábado, 24 de marzo de 2012

La mujer del balón


Todas las mañanas, desde que llevó aquí, la veo asomándose a su balcón. Sentada, con el pelo blanco y castigada por los años. Su marido la suele sacar para que vea la mañana en la enorme plaza que nos separa. Poco se conoce, excepto que un perro juguetea entre sus pies. Luego, por la tarde, vuelve a asomarse y así hasta que el crepúsculo se va. ¿Cuántos años llevarán juntos? Él la asoma cuando llega el mediodía y allí está, sentada mientras que él seguramente se dedique a hacer las tareas del hogar.
Parece estar enferma, la edad puede rondarle los setenta u ochenta años. Pero seguramente se asome al balcón recordando tiempos de ayer, cuando era una muchacha que andaba cerca del Guadalquivir cantando canciones de épocas oscuras donde no existía la libertad. Cómo ha cambiado el tiempo y ella tan débil, vivo retrato en sepia de lo que fue, mujer que día tras día recibe al sol desde el gran ventanal y donde se sienta a contemplar los mismos días que en un pasado la vieron  jugar en su infancia sin lágrimas montada sobre la velocidad de un sueño hacia destinos desconocidos.

sábado, 22 de enero de 2011

Primera versión


Enero se instaló en mi habitación. A cien por hora se fueron las vacaciones y me quedé sin dinero para poder viajar al cielo de tus labios. El sol entra por la ventana y me muestra días que traen postales sin luces que puedan alumbrarme el camino. En un abrir y cerrar de ojos cae la noche y el telón baja. El próximo día la función volverá a repetirse, en el mismo escenario, con los mismos personajes. El teatro de la vida sigue su curso sin mostrarme una segunda escena donde el sol se marcha casi sin darse cuenta y las tardes huelen a azahar y jazmín. Llegará marzo y volverá la vida.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Sin respuesta


Se había levantado y le temblaba el pulso en una mañana fría, de esas que dejan escarcha tras los cristales y calles mojadas. Comenzó a notar que algo le faltaba y, decidida, comenzó a buscarlo por toda la casa hasta el más ínfimo de los rincones. Pero lo cierto es que no encontró nada. Después, una nota le dejó marcada para siempre. Fue lo único que daba respuesta a tantos años de besos y dulces atardeceres de invierno. Pensaba que esas palabras mentían, que si se encontraba con él, sus ojos sí que le dirían la verdad, pero lo cierto es que nunca supo nada de aquélla alma con la que había compartido varios años de su vida.