
Y estaba ahí, observando cómo la luna bañaba de plata las inmensas olivas que poblaban las serranías más próximas. El calor de las noches de julio le recorría su rostro sin piedad, como después lo harían mis manos sobre ella. Era sólo un poco más que el día anterior, pero suficiente para sentirla durante el tiempo que marcara el reloj, sin dejarla escapar. Ella y yo, en un laberinto clandestino, que sólo descubrió la aurora cuando se encaramó a las paredes de la oscura habitación y dejó nuestros cuerpos llenos de sed, desnudos, indefensos ante la inmensidad del cielo.
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