
Faltaban sólo un par de kilómetros cuando ese olor a sal entra por la nariz y recorre los sentidos. Saber que dentro de poco te encuentras con la inmensidad, con lo más parecido al infinito. A lo lejos se divisaba ya ese azul que se mezcla con el cielo haciendo de las nubes pequeñas islas desiertas. El sol renace del mar y la arena hace pequeños surcos que la memoria olvida. Poco después, las gaviotas desaparecen dejando paso a una colorida colonia de sombrillas y la vida vuelve a la costa, mecida entre un sol abrasador que otea imponente el paisaje.
