lunes, 19 de julio de 2010

La playa


Faltaban sólo un par de kilómetros cuando ese olor a sal entra por la nariz y recorre los sentidos. Saber que dentro de poco te encuentras con la inmensidad, con lo más parecido al infinito. A lo lejos se divisaba ya ese azul que se mezcla con el cielo haciendo de las nubes pequeñas islas desiertas. El sol renace del mar y la arena hace pequeños surcos que la memoria olvida. Poco después, las gaviotas desaparecen dejando paso a una colorida colonia de sombrillas y la vida vuelve a la costa, mecida entre un sol abrasador que otea imponente el paisaje.

4 comentarios:

  1. Muchas gracias, Enrique, por tu generoso comentario. La vida de las sombrillas se pasea con todo su empaque por las playas, pero yo, amigo, me alejo de esa agobiante imagen para encontrarme con ese mar que tiene movimientos de allegros, soledad y reciedumbre atávica.

    Me ha encantado tu texto, con sus perfiles líricos.

    Un abrazo,
    Luis.

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  2. Tocas el agua y hasta ahí llego el amor hacia las playas que cubren el largo de este Chile que tiene de todo, menos aguas cálidas! Aunque claro el Norte las ofrece pero "las arrancaditas" de un fin de semana largo solo ofrecen el litoral que acompañados de uno que otro brebaje hacen que el agua no se sienta tan mal! Saludos

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  3. Esa sensación que relatas la vivo cada vez que me acerco a la costa! Aunque yo no hubiera podido describirla tan bien como tu....

    Sobretodo, aunque el coche no me permita captar los olores, el cielo se delata y puedes intuir el mar aunq no lo veas!

    Un saludo!

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  4. Viviendo como vivo en un lugar costero por excelencia, me siento muy identificada con tu microrrelato. Creo que a estas alturas no sabría vivir sin el mar y, aunque las vacaciones no son iguales en estas zonas cuando trabajas (tráfico, agobio, estrés,...), reconozco que el mar causa sensaciones hoy en día indescriptibles.

    Saludos,
    Sara.

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